La isla del doctor Moreau
La isla del doctor Moreau Caminaba con ansiedad, perplejo por lo sucedido, cuando llegué a una planicie que se extendÃa entre árboles dispersos. La incolora claridad que sucede al arrebol del ocaso se teñÃa de oscuro. El cielo azul se tornaba cada vez más profundo y, una a una, las estrellas horadaban la tenue luz; los huecos de los árboles y la vegetación, vagamente azules durante el dÃa, se tornaban negros y misteriosos.
Seguà adelante. El color desapareció del mundo, las copas de los árboles se perfilaban contra el luminoso azul del cielo, como dibujadas a tinta y, más abajo, su silueta se fundÃa en una oscuridad informe. Los árboles parecÃan más finos y la maleza más abundante. Poco después encontré un espacio desolado cubierto de arena blanca, y más allá otra extensión de enmarañados arbustos.
Me atormentaba un débil crujido a mi derecha. Al principio pensé que era fruto de mi imaginación, pues en cuanto me detenÃa todo quedaba en silencio, salvo las copas de los árboles mecidas por la brisa vespertina. Pero cuando reanudaba la marcha oÃa un eco a mis pisadas.