La isla del doctor Moreau
La isla del doctor Moreau Sentà un acceso de cólera que pasó tan rápidamente como vino. Me dejé caer de nuevo sobre la hamaca y me apreté la frente con las manos. El puma empezó de nuevo.
Montgomery se me acercó por detrás y me puso una mano en el hombro.
—Mire, Prendick, yo no tuve el menor interés en que usted viniera a esta estúpida isla. Pero no es tan mala como cree. Tiene los nervios destrozados. Permita que le dé algo que le hará dormir. «Eso…» durará horas todavÃa. Lo que tiene que hacer ahora es dormir. Yo no respondo de nada.
No repliqué. Me incliné hacia adelante cubriéndome la cara con las manos. Al rato volvió con un vaso pequeño lleno de un lÃquido oscuro. Me lo dio a beber. Lo tomé sin ofrecer resistencia mientras me ayudaba a acomodarme en la hamaca.
Cuando desperté ya estaba bien entrado el dÃa. Permanecà un rato tumbado, mirando al techo. Observé que las vigas estaban construidas con las cuadernas de un barco. Luego volvà la cabeza y vi la mesa dispuesta para mÃ. Estaba hambriento y me disponÃa a bajar de la hamaca cuando ésta, anticipándose cortésmente a mi intención, se dio la vuelta, depositándome en el suelo a cuatro patas.