La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau –Suban a la playa –dije, después de pensarlo un rato; y a continuación añadÖ: Con las manos arriba.
–No podemos hacer eso –explicó Montgomery con un ilustrativo movimiento de hombros–. SerÃa poco digno.
–Entonces, súbanse a los árboles, si lo prefieren –respondÃ.
–¡Qué estúpida ceremonia! –continuó Montgomery.
Al darse la vuelta se encontraron con seis o siete grotescas criaturas que, a pesar de estar allÃ, bajo el sol, proyectando sus sombras y moviéndose, resultaban increÃblemente irreales. Montgomery chasqueó el látigo ante ellas, y corrieron a refugiarse entre los árboles. Cuando Montgomery y Moreau se encontraban a una distancia que juzgué prudencial, salà del agua, cogà los revólveres y los examiné. Para convencerme de que no se trataba de un truco, disparé a un trozo de lava redondo y tuve la satisfacción de contemplar cómo la piedra se pulverizaba y la playa se llenaba de lascas.
TodavÃa vacilé un instante.
–Asumiré el riesgo –dije al fin, y con un revólver en cada mano subà por la playa hacia ellos.
–Eso está mejor –dijo Moreau, con total sinceridad–. Su alterada imaginación me ha hecho perder la mejor parte del dÃa.