La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau –Sà –dije con convicción–. No me vendrÃa mal un poco de cordero.
–Pero –dijo con momentánea vacilación–, yo me muero por saber qué hacÃa usted solo en ese bote.
Me pareció detectar cierto recelo en sus ojos.
–¡Malditos aullidos!
Salió bruscamente del camarote, y lo oà discutir acaloradamente con alguien que respondÃa en una especie de jerga. ParecÃa que aquello iba a terminar en una pelea, pero creo que mis oÃdos se equivocaban en esto. Luego gritó a los perros y regresó al camarote.
–Bien –dijo desde el pasillo–. Estaba empezando a contarme algo.
Le dije que me llamaba Edward Prendick y que habÃa decidido dedicarme a las ciencias naturales para huir del aburrimiento de una holgada independencia. Aquello pareció interesarle.
–Yo también me he dedicado a las ciencias. Estudié biologÃa en la universidad: extraÃa el ovario de la lombriz y la rádula de la serpiente, y cosas asÃ. ¡Dios mÃo! Hace ya diez años. Pero continúe, continúe. Hábleme del bote.