La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau Incluso en circunstancias ordinarias me habrÃa dado qué pensar. Pero me desconcertaba que un hombre educado viviera en una isla desconocida y portara tan extraordinario equipaje. Me sorprendà repitiendo la pregunta del capitán. ¿Para qué querrÃa a los animales? ¿Por qué, además, habÃa fingido que no eran suyos cuando le hablé de ellos por vez primera? Y luego estaba su ayudante, ese ser tan raro que tanto me habÃa impresionado. Todas estas circunstancias lo rodeaban de un halo de misterio. Se agolpaban en mi imaginación, dificultándome el habla.
A eso de medianoche nuestra conversación sobre Londres languideció y permanecimos el uno junto al otro acodados en la batayola, contemplando como en sueños el silencioso mar iluminado por las estrellas, sumidos cada uno en sus propios pensamientos. Era el ambiente propicio para el sentimentalismo y decidà expresarle mi gratitud.
–Si me permite que se lo diga –dije al cabo de un rato–, me ha salvado la vida.
–Casualidad –respondió–; pura casualidad.
–Prefiero dar las gracias a quien tengo a mano.