La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau –No se las dé a nadie. Usted tenÃa la necesidad y yo el conocimiento; le puse una inyección y lo alimenté como a cualquiera de los especÃmenes que recojo. Estaba aburrido y con ganas de hacer algo. Si ese dÃa hubiera estado cansado o no me hubiera gustado su cara, bueno... quién sabe dónde estarÃa usted ahora.
Esto me desanimó un poco.
–De todos modos... –comencé.
–Pura casualidad. Ya se lo he dicho –interrumpió–, como todo en esta vida. Sólo los tontos no se dan cuenta. ¿Por qué estoy aquà en este momento, marginado de la civilización, en lugar de vivir como un hombre feliz y disfrutando de todos los placeres de Londres? Sencillamente, porque hace once años perdà la cabeza durante diez minutos, una noche de niebla.
Se detuvo.
–¿S� –pregunté.
–Eso es todo.
Nos quedamos callados. Luego, él se rió.
–Hay algo en esta luz estrellada que suelta la lengua. Soy un estúpido y, sin embargo, por alguna razón me gustarÃa decirle...
–Diga lo que diga, puede tener la seguridad de que no saldrá de mÃ... Si es a eso a lo que se refiere.
Estaba a punto de decir algo cuando sacudió la cabeza dubitativamente.