La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau –¡Maldita sea! –exclamó con la boca llena de comida. Luego me miró un momento y repitió–: ¿Orejas puntiagudas?
–SÃ, terminan en punta –insistà lo más tranquilamente posible, conteniendo el aliento–, y cubiertas de vello oscuro en los bordes.
Se sirvió whisky yagua con gran parsimonia.
–CreÃa... que el pelo le cubrÃa las orejas.
–Se las vi cuando se acercó para servirme el café. Y le brillan los ojos en la oscuridad.
Para entonces Montgomery ya se habÃa repuesto de la sorpresa que mi pregunta habÃa causado en él.
–Siempre he pensado –dijo, acentuando ligeramente su ceceo– que habÃa algo raro en sus orejas, a juzgar por cómo las escondÃa... ¿Cómo eran?
Su actitud me inducÃa a pensar que su ignorancia era fingida. Sin embargo, no podÃa decirle que era un mentiroso.
–De punta; bastante pequeñas y peludas, claramente peludas. Pero no son sólo las orejas. Ese hombre es uno de los seres más extraños que he visto en mi vida.
Desde el recinto, a nuestras espaldas, llegó el brutal alarido de dolor de un animal. Su intensidad y su volumen apuntaban al puma. Observé que Montgomery ponÃa mala cara.
–¿S� –dijo.
–¿Dónde encontró a esa criatura?