La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau No dije nada más. Volvió a oírse un grito peor que los anteriores. Montgomery me miró con sus apagados ojos grises y tomó un poco más de whisky. Intentaba llevar la conversación hacia el tema del alcohol, asegurando que gracias a eso me había salvado la vida. Parecía ansioso por señalar que le debía la vida. Le respondí distraídamente.
El almuerzo había concluido. El monstruo deforme de orejas puntiagudas desapareció y Montgomery volvió a dejarme a solas en la habitación.
En ningún momento había logrado ocultar la irritación que los gritos del puma le producían. Hizo un comentario sobre su falta de sangre fría y dejó que yo lo interpretara a mi manera.
Para mí los gritos eran particularmente molestos, y su intensidad aumentó a medida que avanzaba la tarde. Al principio me daban lástima, pero su persistencia acabó por sacarme de quicio. Arrojé la traducción de Horacio que había estado leyendo y empecé a apretar los puños, a morderme los labios y a dar vueltas por la habitación.
Incluso tuve que taparme los oídos.