La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau Los aullidos me resultaban cada vez más conmovedores, hasta que se convirtieron en tan exquisita expresión de sufrimiento que se me hizo insoportable seguir encerrado en aquella habitación. Salà al exterior, al soñoliento calor de la tarde que declinaba, pasé junto a la entrada principal –otra vez cerrada, según vi– y doblé la esquina del recinto.
Los alaridos sonaban con más fuerza en el exterior. ParecÃa como si todo el dolor del mundo se hubiera concentrado en una sola voz. Y aun a sabiendas de que el dolor estaba en la habitación contigua, creo que habrÃa podido soportarlo –al menos eso he pensado desde entonces– de haber sido un dolor mudo. Pero cuando el sufrimiento halla una voz y nos pone los nervios de punta, la compasión llega a ser una molestia. Aunque lucÃa un sol radiante y los verdes abanicos de los árboles se mecÃan con la relajante brisa del mar, el mundo era una confusión de imprecisos fantasmas rojos y negros, hasta que quedé fuera del alcance de los ruidos de la casa.