La máquina del tiempo
La máquina del tiempo La noche siguiente no dormà nada bien. Sin duda mi salud estaba alterada. Me sentÃa abrumado de perplejidad y de dudas. Tuve una o dos veces la sensación de un pavor intenso al cual no podÃa yo encontrar ninguna razón concreta. Recuerdo haberme deslizado sin ruido en el gran vestÃbulo donde aquellos seres dormÃan a la luz de la Luna —aquella noche Weena se hallaba entre ellas— y me sentÃa tranquilizado con su presencia. Se me ocurrió, en aquel momento, que en el curso de pocos dÃas la Luna deberÃa entrar en su último cuarto, y las noches serÃan obscuras; entonces, las apariciones de aquellos desagradables seres subterráneos, de aquellos blancuzcos lémures, de aquella nueva gusanera que habÃa substituido a la antigua, serÃan más numerosas. Y durante esos dos dÃas tuve la inquieta sensación de quien elude una obligación inevitable. Estaba seguro de que solamente recuperarÃa la Máquina del Tiempo penetrando audazmente en aquellos misterios del subsuelo. Sin embargo, no podÃa enfrentarme con aquel enigma. De haber tenido un compañero la cosa serÃa muy diferente. Pero estaba horriblemente solo, y el simple hecho de descender por las tinieblas del pozo me hacÃa palidecer. No sé si ustedes comprenderán mi estado de ánimo, pero sentÃa sin cesar un peligro a mi espalda.