La máquina del tiempo
La máquina del tiempo Esta inquietud, esta inseguridad, era quizá la que me arrastraba más y más lejos en mis excursiones exploradoras. Yendo al sudoeste, hacia la comarca escarpada que se llama ahora Combe Wood, observé a lo lejos, en la dirección del Banstead [15] del siglo XIX, una amplia construcción verde, de estilo diferente a las que habÃa visto hasta entonces. Era más grande que el mayor de los palacios o ruinas que conocÃa, y la fachada tenÃa un aspecto oriental: mostraba ésta el brillo de un tono gris pálido, de cierta clase de porcelana china, Esta diferencia de aspecto sugerÃa una diferencia de uso, y se me ocurrió llevar hasta allà mi exploración. Pero el dÃa declinaba ya, y llegué a la vista de aquel lugar después de un largo y extenuante rodeo; por lo cual decidà aplazar la aventura para el dÃa siguiente, y volvà hacia la bienvenida y las caricias de la pequeña Weena. Pero a la mañana siguiente me di cuenta con suficiente claridad que mi curiosidad referente al Palacio de Porcelana Verde era un acto de autodecepción, capaz de evitarme, por un dÃa más, la experiencia que yo temÃa. Decidà emprender el descenso sin más pérdida de tiempo, y salà al amanecer hacia un pozo cercano a las ruinas de granito y aluminio.
La pequeña Weena vino corriendo conmigo, Bailaba junto al pozo, pero, cuando vio que me inclinaba yo sobre el brocal mirando hacia abajo, pareció singularmente desconcertada.