La máquina del tiempo
La máquina del tiempo «—Adiós, pequeña Weena, —dije, besándola, y luego, dejándola sobre el suelo, comencé a buscar sobre el brocal los escalones y los ganchos.»
Más bien de prisa —debo confesarlo—, ¡pues temÃa que flaquease mi valor! Al principio ella me miró con asombro. Luego lanzó un grito quejumbroso y, corriendo hacia mÃ, quiso retenerme con sus manitas. Creo que su oposición me incitó más bien a continuar. La rechacé, acaso un poco bruscamente, y un momento después estaba adentrándome en el pozo. Vi su cara agonizante sobre el brocal y le sonreà para tranquilizarla. Luego me fue preciso mirar hacia abajo a los ganchos inestables a que me agarraba.