La máquina del tiempo

La máquina del tiempo

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Tuve que bajar un trecho de doscientas yardas, quizá. El descenso lo efectuaba por medio de los barrotes metálicos que salían de las paredes del pozo, y como estaban adaptados a las necesidades de unos mucho más pequeños que yo, pronto me sentí entumecido y fatigado por la bajada. ¡Y no sólo fatigado! Uno de los barrotes cedió de repente bajo mi peso, y casi me balanceé en las tinieblas de debajo. Durante un momento quedé suspendido por una mano, y después de esa prueba no me atreví a descansar de nuevo. Aunque mis brazos y mi espalda me doliesen ahora agudamente, seguía descendiendo de un tirón, tan de prisa como era posible. Al mirar hacia arriba, vi la abertura, un pequeño disco azul, en el cual era visible una estrella, mientras que la cabeza de la pequeña Weena aparecía como una proyección negra y redonda. El ruido acompasado de una máquina, desde el fondo, se hacía cada vez más fuerte y opresivo. Todo, salvo el pequeño disco de arriba, era profundamente obscuro, y cuando volví a mirar hacia allí, Weena había desaparecido. Me sentía en una agonía de inquietud. Pensé vagamente Intentar remontar del pozo y dejar en su soledad al Mundo Subterráneo. Pero hasta cuando estaba dándole vueltas a esa idea, seguía descendiendo. Por último, con un profundo alivio, vi confusamente aparecer, a un pie a mi derecha, una estrecha abertura en la pared. Me introduje allí y descubrí que era el orificio de un reducido túnel horizontal en el cual pude tenderme y descansar. Y ya era hora. Mis brazos estaban doloridos, mi espalda entumecida, y temblaba con el prolongado terror de una caída. Además, la obscuridad ininterrumpida tuvo un efecto doloroso sobre mis ojos. El aire estaba lleno del palpitante zumbido de la maquinaria que ventilaba el pozo.


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