La máquina del tiempo
La máquina del tiempo No sé cuánto tiempo permanecà tendido allÃ. Me despertó una mano suave que tocaba mi cara. Me levanté de un salto en la obscuridad y, sacando mis cerillas, encendà una rápidamente: vi tres seres encorvados y blancos semejantes a aquel que habÃa visto sobre la tierra, en las ruinas, y que huyó velozmente de la luz. Viviendo, como vivÃan, en las que me parecÃan tinieblas impenetrables, sus ojos eran de un tamaño anormal y muy sensibles, como lo son las pupilas de los peces de los fondos abisales, y reflejaban la luz de idéntica manera. No me cabÃa duda de que podÃan verme en aquella absoluta obscuridad, y no parecieron tener miedo de mÃ, aparte de su temor a la luz. Pero, en cuanto encendà una cerilla con objeto de verlos, huyeron veloces, desapareciendo dentro de unos sombrÃos canales y túneles, desde los cuales me miraban sus ojos del modo más extraño.

Intenté llamarles, pero su lenguaje era al parecer diferente del de los habitantes del Mundo Superior; por lo cual me quedé entregado a mis propios esfuerzos, y la idea de huir antes de iniciar la exploración pasó por mi mente. Pero me dije a mà mismo: «Estás aquà ahora para eso», y avancé a lo largo del túnel, sintiendo que el ruido de la maquinaria se hacÃa más fuerte.