La máquina del tiempo
La máquina del tiempo TemÃa yo abrirme camino entre toda aquella maquinaria en la obscuridad, y solamente con la última llama descubrà que mi provisión de cerillas se habÃa agotado. No se me habÃa ocurrido nunca hasta entonces que hubiera necesidad de economizarlas, y gasté casi la mitad de la caja en asombrar a los habitantes del Mundo Superior, para quienes el fuego era una novedad. Ahora, como digo, me quedaban cuatro, y mientras permanecÃa en la obscuridad, una mano tocó la mÃa, sentà unos dedos descarnados sobre mi cara, y percibà un olor especial muy desagradable. Me pareció oÃr a mi alrededor la respiración de una multitud de aquellos horrorosos pequeños seres. Sentà que intentaban quitarme suavemente la caja de cerillas que tenÃa en la mano, y que otras manos detrás de mà me tiraban de la ropa. La sensación de que aquellas criaturas invisibles me examinaban érame desagradable de un modo indescriptible. La repentina comprensión de mi desconocimiento de sus maneras de pensar y de obrar se me presentó de nuevo vivamente en las tinieblas. Grité lo más fuerte que pude. Se apartaron y luego los sentà acercarse otra vez. Sus tocamientos se hicieron más osados mientras se musitaban extraños sonidos unos a otros. Me estremecà con violencia, y volvà a gritar, de un modo más bien discordante. Esta vez se mostraron menos seriamente alarmados, y se acercaron de nuevo a mà con una extraña y ruidosa risa. Debo confesar que estaba horriblemente asustado. Decidà encender otra cerilla y escapar amparado por la claridad. Asà lo hice, y acreciendo un poco la llama con un pedazo de papel que saqué de mi bolsillo, llevé a cabo mi retirada hacia el estrecho túnel. Pero apenas hube entrado mi luz se apagó, y en tinieblas pude oÃr a los Morlocks susurrando como el viento entre las hojas, haciendo un ruido acompasado como la lluvia, mientras se Precipitaban detrás de mÃ.