La máquina del tiempo

La máquina del tiempo

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Pueden ustedes imaginar cómo desapareció toda mi calma. Los pequeños brutos estaban muy cerca de mí. Uno de ellos me tocó. Con la ayuda de las palancas barrí de un golpe la obscuridad y empecé a subir al sillín de la máquina. Entonces una mano se posó sobre mí y luego otra. Tenía, por tanto, simplemente que luchar contra sus dedos persistentes para defender mis palancas y al mismo tiempo encontrar a tientas los pernos sobre los cuales encajaban. Casi consiguieron apartar una de mí. Pero cuando sentí que se me escurría de la mano, no tuve más remedio que topar mi cabeza en la obscuridad —pude oír retumbar el cráneo del Morlock— para recuperarla. Creo que aquel último esfuerzo representaba algo más inmediato que la lucha en la selva.

Pero al fin la palanca quedó encajada en el movimiento de la puesta en marcha. Las manos que me asían se desprendieron de mí. Las tinieblas se disiparon luego ante mis ojos. Y me encontré en la misma luz grisácea y entre el mismo tumulto que ya he descripto.






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