La máquina del tiempo
La máquina del tiempo Viajé asÃ, deteniéndome de vez en cuando, a grandes zancadas de mil años o más, arrastrado por el misterio del destino de la Tierra, viendo con una extraña fascinación cómo el Sol se tornaba más grande y más empañado en el cielo de occidente, y la vida de la vieja Tierra iba decayendo. Al final, a más de treinta millones de años de aquÃ, la inmensa e intensamente roja cúpula del Sol acabó por obscurecer cerca de una décima parte de los cielos sombrÃos. Entonces me detuve una vez más, pues la multitud de cangrejos habÃa desaparecido, y la rojiza playa, salvo por sus plantas hepáticas y sus lÃquenes de un verde lÃvido, parecÃa sin vida. Y ahora estaba cubierta de una capa blanca. Un frÃo penetrante me asaltó. Escasos copos blancos caÃan de vez en cuando, remolineando. Hacia el nordeste, el relumbrar de la nieve se extendÃa bajo la luz de las estrellas de un cielo negro, y pude ver las cumbres ondulantes de unas lomas de un blanco rosado. HabÃa allà flecos de hielo a lo largo de la orilla del mar, con masas flotantes más lejos; pero la mayor extensión de aquel océano salado, todo sangriento bajo el eterno Sol poniente, no estaba helada aún.