La máquina del tiempo
La máquina del tiempo Acudieron otros más, y pronto tuve a mi alrededor un pequeño grupo de unos ocho o diez de aquellos exquisitos seres. Uno de ellos se dirigió a mÃ. Se me ocurrió, de un modo bastante singular, que mi voz era demasiado áspera y profunda para ellos. Por eso movà la cabeza y, señalando mis oÃdos, la volvà a mover. Dio él un paso hacia delante, vaciló y luego tocó mi mano. Entonces sentà otros suaves tentáculos sobre mi espalda y mis hombros. QuerÃan comprobar si era yo un ser real. No habÃa en esto absolutamente nada de alarmante. En verdad tenÃan algo aquellas lindas gentes que inspiraba confianza: una graciosa dulzura, cierta desenvoltura infantil. Y, además, parecÃan tan frágiles que me imaginé a mà mismo derribando una docena entera de ellos como si fuesen bolos. Pero hice un movimiento repentino para cuando vi sus manitas rosadas palpando la Máquina del Tiempo. Afortunadamente, entonces, cuando no era todavÃa demasiado tarde, pensé en un peligro del que me habÃa olvidado hasta aquel momento, y, tomando las barras de la máquina, desprendà las pequeñas palancas que la hubieran puesto en movimiento y las metà en mi bolsillo. Luego intenté hallar el medio de comunicarme con ellos.