La máquina del tiempo

La máquina del tiempo

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Entonces, viendo más de cerca sus rasgos, percibí nuevas particularidades en su tipo de belleza, muy de porcelana de Dresden [8]. Su pelo, que estaba rizado por igual, terminaba en punta sobre el cuello y las mejillas; no se veía el más leve indicio de vello en su cara, y sus orejas eran singularmente menudas. Las bocas, pequeñas, de un rojo brillante, de labios más bien delgados, y las barbillas reducidas, acababan en punta. Los ojos grandes y apacibles, y —esto puede parecer egoísmo por mi parte— me imaginé entonces que les faltaba cierta parte del interés que había yo esperado encontrar en ellos.

Como no hacían esfuerzo alguno para comunicarse conmigo, sino que me rodeaban simplemente, sonriendo y hablando entre ellos en suave tono arrullado, inicié la conversación. Señalé hacia la Máquina del Tiempo y hacia mí mismo. Luego, vacilando un momento sobre cómo expresar la idea de tiempo, indiqué el Sol con el dedo. Inmediatamente una figura pequeña, lindamente arcaica, vestida con una estofa blanca y púrpura, siguió mi gesto y, después, me dejó atónito imitando el ruido del trueno.





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