La máquina del tiempo
La máquina del tiempo Mientras caminaba, estaba alerta a toda impresión que pudiera probablemente explicarme el estado de ruinoso esplendor en que encontré al Mundo, pues aparecÃa ruinoso. En un pequeño sendero que ascendÃa a la colina, por ejemplo, habÃa un amontonamiento de granito, ligado por masas de aluminio, un amplio laberinto de murallas escarpadas y de piedras desmoronadas, entre las cuales crecÃan espesos macizos de bellas plantas en forma de pagoda —ortigas probablemente—, pero de hojas maravillosamente coloridas de marrón y que no podÃan pinchar. Eran evidentemente los restos abandonados de alguna gran construcción, erigida con un fin que no podÃa yo determinar. Era allà donde estaba yo destinado, en una fecha posterior, a llevar a cabo una experiencia muy extraña —primer indicio de un descubrimiento más extraño aún—, pero de la cual hablaré en su adecuado lugar.
Miré alrededor con un repentino pensamiento, desde una terraza en la cual descansé un rato, y me di cuenta de que no habÃa allà ninguna casa pequeña. Al parecer, la mansión corriente, y probablemente la casa de familia, habÃan desaparecido. Aquà y allá entre la verdura habÃa edificios semejantes a palacios, pero la casa normal y la de campo, que prestan unos rasgos tan caracterÃsticos a nuestro paisaje inglés, habÃan desaparecido.
—«Es el comunismo —dije para mû.