La máquina del tiempo
La máquina del tiempo Pero probablemente la máquina habÃa sido tan sólo substraÃda. Aun asÃ, debÃa yo mantenerme sereno, tener paciencia, buscar el sitio del escondite, y recuperarla por la fuerza o con astucia. Y con esto me puse en pie rápidamente y miré a mi alrededor, preguntándome dónde podrÃa lavarme. Me sentÃa fatigado, entumecido y sucio a causa del viaje. El frescor de la mañana me hizo desear una frescura igual. HabÃa agotado mi emoción. Realmente, buscando lo que necesitaba, me sentà asombrado de mi intensa excitación de la noche anterior. Examiné cuidadosamente el suelo de la praderita. Perdà un rato en fútiles preguntas dirigidas lo mejor que pude a aquellas gentecillas que se acercaban. Todos fueron incapaces de comprender mis gestos; algunos se mostraron simplemente estúpidos; otros creyeron que era una chanza, y se rieron en mis narices. Fue para mà la tarea más difÃcil del Mundo impedir que mis manos cayesen sobre sus lindas caras rientes. Era un loco impulso, pero el demonio engendrado por el miedo y la cólera ciega estaba mal refrenado y aun ansioso de aprovecharse de mi perplejidad. La hierba me trajo un mejor consejo. Encontré unos surcos marcados en ella, aproximadamente a mitad de camino entre el pedestal de la esfinge y las huellas de pasos de mis pies, a mi llegada. HabÃa alrededor otras señales de traslación, con extrañas y estrechas huellas de pasos tales que las pude creer hechas por un perezoso [10]. Esto dirigió mi atención más cerca del pedestal.