La máquina del tiempo
La máquina del tiempo Vi las cabezas de dos seres vestidos color naranja, entre las matas y bajo unos manzanos cubiertos de flores, venir hacia mí. Me volví a ellos sonriendo y llamándoles por señas. Llegaron a mi lado, y entonces, señalando el pedestal de bronce, intenté darles a entender mi deseo de abrirlo. Pero a mi primer gesto hacia allí se comportaron de un modo muy extraño. No sé cómo describirles a ustedes su expresión. Supongan que hacen a una dama de fino temperamento unos gestos groseros e impropios; la actitud que esa dama adoptaría fue la de ellos. Se alejaron como si hubiesen recibido el último insulto. Intenté una amable mímica parecida ante un mocito vestido de blanco, con el mismo resultado exactamente. De un modo u otro su actitud me dejó avergonzado de mí mismo. Pero, como ustedes comprenderán, yo deseaba recuperar la Máquina del Tiempo, e hice una nueva tentativa. Cuando le vi a éste dar la vuelta, como los otros, mi mal humor predominó. En tres zancadas le alcancé, le cogí por la parte suelta de su vestido alrededor del cuello, y le empecé a arrastrar hacia la esfinge. Entonces vi tal horror y tal repugnancia en su rostro que le solté de repente.