La máquina del tiempo
La máquina del tiempo Pero no quería declararme vencido aún. Golpeé con los puños los paneles de bronce. Creí oír algún movimiento dentro —para ser más claro, creí percibir un ruido como de risas sofocadas—, pero debí equivocarme. Entonces fui a buscar una gruesa piedra al río, y volví a martillar con ella los paneles hasta que hube aplastado una espiral de los adornos, y cayó el verdín en laminillas polvorientas. La delicada gentecilla debió de oírme golpear en violentas arremetidas hasta una milla, pero no se acercó. Vi una multitud de ellos por las laderas, mirándome furtivamente. Al final, sofocado y rendido, me senté para vigilar aquel sitio. Pero estaba demasiado inquieto para vigilar largo rato. soy demasiado occidental para una larga vigilancia. Puedo trabajar durante años enteros en un problema, pero aguardar inactivo durante veinticuatro horas es otra cuestión.
Después de un rato me levanté, y empecé a caminar a la ventura entre la maleza, hacia la colina otra vez.