Tono-Bungay

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—Ven al sanctasanctórum —dijo mi tío, tras terminar algo acerca de «suyo afectísimo», y me condujo a través de la puerta a una habitación que sorprendentemente fracasaba en confirmar las promesas de tales aparatos. Estaba empapelada con un deslustrado papel que se había despegado en algunos lugares; contenía una chimenea, una poltrona con un almohadón, una mesa sobre la que había dos o tres grandes botellones, un cierto número de cajetillas de cigarros sobre la repisa de la chimenea, una frasquera para whisky y una hilera de sifones. Mi tío cerró cuidadosamente la puerta detrás de mí.

—¡Bien, ahí está! —dijo—. ¡Haciéndose más fuerte cada vez! ¿Quieres un whisky, George? ¿No? ¡Hombre prudente…! ¡Yo tampoco! ¡Aquí me tienes! ¡Atacando… duro!

—¿Duro a qué?

—Léelo. —Y depositó en mi mano una etiqueta, esa etiqueta que se ha convertido ahora en uno de los objetos más familiares en cualquier farmacia, con su orla verdeazulada de estilo más bien antiguo, la inscripción, el nombre en gruesas letras negras, muy claro, y el forzudo en medio de un haz de relámpagos, encima de la doble columna de expertas líneas en rojo…, la etiqueta del Tono-Bungay.


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