Tono-Bungay

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—Está a flote —dijo, mientras yo la contemplaba desconcertado—. Está a flote. ¡Yo estoy a flote!

Y de pronto empezó a cantar con aquella ronca voz de tenor suya:

¡Estoy a flote, estoy a flote en medio de la feroz marea,

el océano es mi hogar y mi barca es mi novia!

—Una excelente canción esa, George. No es que una barca sea una solución, pero… ¡funciona! ¡Y estamos en ello! ¡Por cierto! ¡Un momento! He pensado en una cosa. —Salió precipitadamente, dejándome solo para que examinara el lugar a mis anchas, mientras su voz se volvía dictatorial ahí afuera. El sanctasanctórum me pareció, a su amplia, gris y sucia manera, algo extraordinario y sin precedentes. Los botellones estaban etiquetados simplemente A, B, C… y así sucesivamente, y aquel querido y viejo aparato ahí arriba, visto desde el lado, era aún más claramente un objeto de exhibición que cuando había sido utilizado para impresionar en Wimblehurst. No vi nada que hacer excepto sentarme en la silla y aguardar las explicaciones de mi tío. Observé una levita con solapas de satén detrás de la puerta; había un dignificado paraguas en un rincón, y un cepillo para la ropa y otro para el sombrero en una mesilla auxiliar. Mi tío regresó al cabo de cinco minutos mirando su reloj…, un reloj de oro.


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