Tono-Bungay
Tono-Bungay —¡Oh, vamos! —exclamó, a guisa de advertencia.
No sé si el lector comprenderá cómo un amor apasionado, una inmensa admiración y deseo, puede ser sustituido en un momento determinado por un asomo de odio. Ese asomo penetró en mà ante la serena autocomplacencia de aquel «¡Oh, vamos!». Se desvaneció casi antes de que llegara a captarlo en mi interior. No descubrà ningún asomo de él en el antagonismo latente entre nosotros.
—Marion —dije—, esto no es un asunto frÃvolo para mÃ. Te quiero. MorirÃa por conseguirte… ¿No te importa?
—¿Pero de qué estás hablando?
—¡No te importa! —exclamé—. ¡No te importa en absoluto!
—Sabes que me importa —respondió—. Si no me importara, si no me gustaras como me gustas, no te dejarÃa que vinieras a buscarme… No irÃa contigo.
—Está bien —dije—; entonces, ¡prométeme que te casarás conmigo!
—Si lo hago, ¿qué diferencia representará eso?
Nos vimos separados por dos hombres que llevaban una escalera, que pasaron entre los dos sin siquiera darse cuenta.