Tono-Bungay
Tono-Bungay Recuerdo muy claramente una disquisición. Fue justo después de que Ewart viajara a ParÃs en una misteriosa expedición para «bosquejar» algún trabajo para un escultor americano de éxito. Este joven habÃa recibido un encargo para una figura alegórica de la verdad (vestida, por supuesto) para el Capitolio de su Estado, y necesitaba ayuda. Ewart habÃa vuelto con el pelo cortado en brosse y con unas ropas al más puro estilo francés. Llevaba, recuerdo, un traje de ciclista color púrpura amarronado, holgado más allá de toda imaginación —lo único notable acerca de él es que evidentemente no habÃa sido hecho para su persona—, una voluminosa corbata negra de lazo, un decadente sombrero blando de fieltro, y varias imprecaciones francesas de siniestra descripción.
—Unas ropas estúpidas, ¿verdad? —dijo al darse cuenta de mi sorprendida mirada—. No sé por qué las compré. ParecÃan muy adecuadas allÃ.
HabÃa venido a nuestro piso de Raggett Street para discutir mi benévola propuesta de que nos hiciera un cartel, y derramó un notable discurso sobre las cabezas (espero que fuera sobre las cabezas) de nuestros embotelladores.