Tono-Bungay

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—Es como un artista: toma un trozo de mármol blanco al borde de una calera, empieza a golpearlo por todas partes… Hace un monumento a sí mismo… y a los demás… Un monumento que el mundo no dejará morir de buen grado. Hablando de mostaza, señor, el otro día estuve en Clapham Junction, y todas las riberas están llenas de rábanos picantes cuyas semillas deben haber volado de algún jardín de por allí. Usted ya sabe cómo es el rábano picante… Crece como el fuego en el monte, se desparrama, se extiende. Me detuve al borde de la plataforma mirando aquello y pensando. «Como la fama —pensé—. Lozano y salvaje allá donde no es deseado. ¿Por qué las cosas realmente buenas de la vida no crecen como el rábano picante?», pensé. Mi mente derivó de esa forma peculiar en que lo hace a veces a la idea de que la mostaza cuesta un penique la lata… Compré una el otro día para un poco de jamón que tenía. Se me pasó por la cabeza que podría ser un buen negocio utilizar el rábano picante para adulterar la mostaza. Tuve una especie de idea de que podía meterme en el mundo de los negocios con esto, hacerme rico, y volver a mi propio arte monumental de nuevo. Y luego me dije: «¿Pero por qué adulterar? No me gusta la idea de la adulteración».

—La adulteración es algo despreciable —dijo mi tío, asintiendo con la cabeza—. ¡Siempre expuesta a ser descubierta!


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