Tono-Bungay
Tono-Bungay Había resuelto ya todos los problemas de la construcción del Lord Roberts β aquella noche que había permanecido despierto en Bedley Corner. Lo tuve todo planeado antes de que fueran retirados los vendajes de mi rostro. Concebí ese segundo globo dirigible de una manera grandiosa. Tenía que ser un segundo Lord Roberts α, solo que más; tenía que ser tres veces más grande, lo suficientemente amplio como para transportar a tres hombres, y tenía que ser una triunfante reivindicación de mis derechos sobre el aire. La estructura tenía que ser hueca como los huesos de un pájaro, estanca, y el aire bombeado dentro o fuera a medida que cambiaba el peso del combustible que llevaba. Hablé y alardeé mucho con Cothope —del que sospechaba un cierto escepticismo acerca de aquel nuevo tipo— sobre lo que pensaba hacer, y fui progresando… lentamente. Progresé lentamente debido a que me sentía inseguro e intranquilo. A veces iba a Londres para aprovechar cualquier posibilidad de ver a Beatrice allí, a veces dedicaba un día entero simplemente a planear, y aquel duro y peligroso ejercicio me llenaba. Y por aquel entonces, en los periódicos, en las conversaciones, en todas partes a mi alrededor, estaba surgiendo un nuevo invasor a mi estado mental. Algo les estaba ocurriendo a los grandes esquemas de los negocios de mi tío; la gente estaba empezando a dudar, a preguntar. Era el primer estremecimiento de aquella tremenda inseguridad, el primer tambaleo de aquel gigantesco crédito que había mantenido girando durante tanto tiempo.