Tono-Bungay

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Hubo idas y venidas. Noviembre y diciembre pasaron. Tuve dos encuentros insatisfactorios con Beatrice, encuentros sin la menor intimidad, en los cuales nos dijimos cosas que necesitaban una atmósfera especial, de mala manera y furtivamente. Le escribí varias veces y ella me respondió con notas que a veces no se correspondían con lo que yo le había dicho, y otras veces condenaba con insinceras evasivas. «No lo comprendes. Todavía no puedo explicártelo. Sé paciente conmigo. Deja las cosas en mis manos un poco más de tiempo». Eso me escribía.

Hablaba en voz alta de esas notas y discutía acerca de ellas en mi sala de trabajo… mientras los planos del Lord Roberts β aguardaban.

—¡No me das ninguna oportunidad! —decía—. ¿Por qué no me dejas conocer el secreto? Para eso estoy yo aquí… ¡Para que me cuentes tus dificultades! ¡Para allanar esas dificultades!

Y finalmente ya no pude seguir enfrentándome a esas acumulantes presiones.

Adopté una postura arrogante y violenta que no le dejaba ninguna salida; me comporté como si estuviéramos viviendo en el seno de un melodrama.

«Tienes que venir y hablar conmigo —le escribí—, o vendré a buscarte y te llevaré por la fuerza. Te deseo, y el tiempo avanza inexorablemente».


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