Tono-Bungay
Tono-Bungay Por la noche no pude dormir pensando en aquella conversación y en las vulgares cosas que yo había dicho. No podía comprender los retorcidos senderos que había tomado mi mente. Me sentía profundamente disgustado. Y las indeseadas dudas acerca de mí mismo se extendieron del descontento simplemente personal a nuestra posición financiera. Estaba muy bien hablar como lo había hecho de riqueza y poder y títulos nobiliarios, pero ¿qué sabía actualmente de la posición de mi tío? ¡Supongamos que en medio de todos aquellos alardes y toda aquella confianza se producía algún imprevisto que yo no había sospechado, alguna podredumbre que él me había ocultado cuidadosamente! Decidí que ya había estado jugueteando bastante con la aeronáutica, que a la mañana siguiente iría a verle y dejaría bien claras las cosas entre nosotros.
Tomé el primer tren y me presenté en el Hardingham.
Llegué al Hardingham atravesando una densa niebla londinense para ver cómo estaban realmente las cosas. Antes de haber hablado diez minutos con mi tío me sentía como un hombre que acaba de despertarse de un grandioso sueño en una desolada e inhóspita habitación.