Tono-Bungay
Tono-Bungay No era en absoluto ninguna figura hermosa. Era muy negro e iba desnudo salvo por un sucio taparrabo, sus piernas estaban mal formadas y los dedos de sus pies muy abiertos, y el borde superior de su trozo de tela y un cinturón de cuerda cortaban su mal formado abdomen en pliegues. Su cabeza era hundida, su nariz, muy aplastada y su labio inferior tenÃa un aspecto hinchado y rojo púrpura. Su pelo era corto y ensortijado, y en torno a su cuello llevaba una cuerda de la que colgaba una bolsita de piel. Sujetaba un mosquete en la mano y a la cuerda de su barriga llevaba atado un cuerno de pólvora. Era una curiosa confrontación. AllÃ, frente a él, estaba yo, un poco sucio quizá, pero aún un ser humano más bien elaboradamente civilizado, nacido, criado y educado en una vaga tradición. En mi mano sostenÃa un rifle al que no estaba acostumbrado. Y cada uno de nosotros era esencialmente un prolÃfico y activo cerebro, tensamente excitado por el encuentro, sin saber nada del contenido mental del otro ni qué hacer con él.
Retrocedió uno o dos pasos. Tropezó, y se dio la vuelta para echar a correr.
—¡Alto! —grité—. ¡Párate, estúpido! —Y eché a correr tras él, gritando todo aquello en inglés. Pero no era un contrincante a su altura entre todas aquellas raÃces y lodo.
Tuve una idea absurda. «¡No puede escapar y decÃrselo a los demás!».