Tono-Bungay
Tono-Bungay Y con aquello, junté instantáneamente los pies, alcé mi fusil, apunté muy frÃamente, apoyé el dedo en el gatillo con todo cuidado y le disparé limpiamente a la espalda.
Vi, y lo vi con un brinco de pura exaltación, el impacto de mi bala entre sus omoplatos.
—¡Le di! —exclamé, bajando mi rifle y contemplando cómo caÃa y morÃa sin un gruñido—. Por Dios —musité, con una nota de sorpresa—. Lo he matado. —Y miré a mi alrededor, y luego avancé cautelosamente, entre curioso y sorprendido, para mirar a aquel hombre cuya alma habÃa arrancado tan poco ceremoniosamente de nuestro mundo mortal. Me acerqué a él no como alguien que se acerca a algo que ha hecho, sino como alguien que se acerca a algo que ha encontrado.
HabÃa caÃdo boca abajo; debió de morir al instante. Me incliné y lo alcé por un hombro y lo comprobé. Lo dejé caer de nuevo, volvà a ponerme en pie y escruté los árboles a mi alrededor.
—¡Dios mÃo! —dije.
Era el segundo ser humano muerto —aparte por supuesto los de las prácticas quirúrgicas, las momias y este tipo de cadáveres— que veÃa en mi vida. Permanecà de pie a su lado, pensando, pensando más allá de todos los lÃmites.