Tono-Bungay
Tono-Bungay Mi percepción de una desastrosa maraña se iba haciendo más profunda a medida que sus ánimos iban alzándose. Era evidente que lo único que podÃa hacer yo era ayudarle a anudar los hilos de cualquiera que fuese la red que estaba tejiendo en torno a su mente forzando en él preguntas y explicaciones. Mis pensamientos derivaron de pronto hacia otro ángulo.
—¿Cómo está tÃa Susan? —pregunté.
Tuve que repetir la pregunta. Sus labios cesaron por un momento en su silenciosa agitación, y respondió en el tono de alguien que repite una fórmula:
—Le hubiera gustado estar en la batalla conmigo. Le hubiese gustado estar aquà en Londres. Pero hay cosas que he de resolver yo solo. —Sus ojos se posaron por un momento en la pequeña botella a su lado—. Y han ocurrido cosas.
Me miró.
—DeberÃas ir ahora y hablar con ella —dijo, con una voz de director—. Yo iré mañana por la noche, creo.
Pareció como si esperara que aquello terminase nuestra conversación.
—¿Para el fin de semana? —pregunté.
—Para el fin de semana. ¡Demos gracias a Dios por los fines de semana, George!