La piedra de toque

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Las damas que eran sujetos directos de estas comparaciones estaban ya acostumbradas a asumir riesgos similares con resultados más gratificantes. La señora Armiger, de hecho, había sido durante mucho tiempo la mejor alternativa para aquellas mujeres que no podían «ver» la belleza de Alexa Glennard; y las llamadas de atención de la señora Touchett se basaban en ese reparto de dones que tanto maravilla a los que admiran a un país cuya gente es sumamente culta. Las circunstancias obligaban a la tercera dama del trío, al que la imaginación de Glennard había tratado de manera tan poco halagadora, a bailarle el agua a las otras dos. Era la señora Dresham, la mujer del director del Radiator. La señora Dresham era una dama que se había rescatado a sí misma de la oscuridad social asumiendo el papel de exponente e intérprete de su marido; y como Dresham era un devoto de las mujeres excelsas, la actitud de su esposa exponía a la celebración pública la excelencia de todas ellas. Por el comprensible fastidio de esa tarea, la señora Dresham recibía a cambio la satisfacción de que hubiera algunas personas que la tildaran a ELLA de mujer excepcional y que probablemente compraran a su vez una distinción similar con la calderilla de su meditada importancia. Las otras damas del grupo no eran más que las esposas de algunos de los hombres… mujeres acostumbradas a que nadie se dirigiera a ellas ni contestara a sus preguntas.


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