La piedra de toque
La piedra de toque La señora Armiger, la última encarnación del instinto de excelencia de Dresham, era una belleza inocente que durante años había destilado aburrimiento entre un grupo de personas que ahora se autocondenaban por su incapacidad para apreciarla. Bajo la tutela de Dresham se había convertido en una «mujer de talento», que leía sus editoriales del Radiator y compraba los libros que él le recomendaba. Cuando aparecía una nueva novela, todo el mundo quería conocer la opinión que ésta le merecía, y hasta un joven caballero que había hecho un viaje por Turena le había dedicado hacía poco los notables resultados de sus exploraciones.
Glennard, reclinándose y apoyando la cabeza en la barandilla, con una línea de azul fugitivo entre los párpados medio cerrados, habría deseado que la señora Armiger no hubiera estropeado la tarde haciendo hablar a la gente. Y aunque redujo al mínimo su enfado no poniendo atención en lo que decían, tanta palabrería inútil le dejó un rescoldo de malestar.
El regalo del silencio de su esposa le parecía la muestra más evidente de la impericia del habla como modo de intercambio, y sus ojos se habían vuelto a mirarla para renovar el aprecio por esta facultad suya, cuando la voz de la señora Armiger lo trajo de vuelta a las subestimadas potencialidades del lenguaje.