Santuario
Santuario La señora Peyton volvió a titubear.
—Quizá —sugirió— serÃa mejor llamar por teléfono.
Ella le condujo hasta el pequeño estudio de detrás de la salita, donde habÃa un teléfono sobre el escritorio. Las puertas plegables que separaban los dos cuartos estaban abiertas. ¿DebÃa cerrarlas cuando regresara de nuevo a la salita? Dudó un instante en el umbral, y a continuación siguió caminando para sentarse en su lugar de siempre, cerca del fuego.