Santuario
Santuario La vida continuaba pues, y la arrastraba atada a sus ruedas. Ella no podía ni controlar su velocidad ni soltarse (cielos, con cuánta dicha lo haría) y disolverse en la oscuridad y el sosiego. Debía seguir dando tumbos, atormentada, rota, pero absolutamente viva. Lo único que podía esperar era una tregua de unas pocas horas, no de sus propios terrores, sino de la presión de las demandas externas: el descanso al mediodía, cuando se desata a la víctima mientras sus torturadores se recuperan del esfuerzo. Hasta el regreso de su padre tendría toda la casa a su disposición y, una vez despachada la cuestión de la carne de venado, podría entregarse a sus largos paseos solitarios por las habitaciones vacías, y luego postrarse estremecida sobre su almohada.