Santuario

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Una luz que no alteraba las facciones, pero que sí ponía un grotesco énfasis sobre sus rasgos más atractivos, convirtiendo su sonrisa en una mueca, su capacidad de tolerancia en una mera predisposición a la dejadez. Y el elegante perfil de Denis tendía precisamente hacia esos rasgos marchitos, de extrema debilidad. En la terrible charla que había seguido a su confesión, en la que cada una de las palabras que él había pronunciado dejaba traslucir sus íntimos procesos morales, a ella no le había parecido tan horrible lo que había hecho como la transformación que se había operado en su conciencia, convirtiéndola en una superficie pasiva que canalizaría las consecuencias de sus actos. Era como un niño que hubiera acercado una cerilla a las cortinas y que luego se quedara boquiabierto ante las llamas. Encender la cerilla constituía una travesura enorme, pero la responsabilidad del niño no iba más allá. En este asunto de Arthur, en el que todo había salido mal desde el principio, donde la legítima defensa podría haber sido una buena justificación para su causa a falta de un derecho concreto que aplicar, había sido fácil, después del primer resbalón, caer un poco más bajo tras cada nueva ofensiva. La mujer… Esa mujer era, digamos, de las que se aprovechan de ese tipo de hombres. Arthur, allí fuera, en sus horas más bajas, se había echado a perder al irse a vivir con ella, igual que se echa a perder quien se entrega a la bebida o al opio. Él sabía lo que ella era. Él sabía de dónde había salido. Pero había enfermado y ella le cuidó. Le cuidó con devoción, naturalmente. Era su oportunidad y lo sabía. Antes de que él dejara de tener fiebre, ella ya le había puesto la soga al cuello, y cuando volvió en sí ya estaba casado. Cosas así ocurren con bastante frecuencia. Si el hombre se recupera, soborna a la mujer y consigue el divorcio. Todo forma parte del mismo negocio: la unión, el soborno, el divorcio. Algunas de esas mujeres se habían hecho con una buena renta de esa forma. Se casaban y se divorciaban una vez al año. Si Arthur, al menos, hubiera salido bien de todo aquello… Pero, en vez de eso, había sufrido una recaída y había muerto. Y allí estaba esa mujer, convertida en su viuda por un desafortunado accidente, por así decirlo, con su hijo en brazos (¿el hijo de quién?), y con un abogado miserable y chantajista que iba a llevar su caso. Estaba bastante claro lo que reclamaba: su derecho a la legítima, un tercio de la herencia. Pero ¿y si él no quería casarse con ella? ¿Y si había caído en la trampa con la misma facilidad con que se despluma a un labriego en un salón de juego? Arthur, en sus últimas horas, confesó que se había casado, pero admitió también su locura. Y tras su muerte, cuando Denis se dispuso a hacer averiguaciones, descubrió que los testigos, si es que había alguno, se hallaban dispersos e ilocalizables. Todo giraba en torno a la confesión que Arthur le había hecho a su hermano. Suprimida esa confesión, la demanda se evaporaba y con ella el escándalo, la humillación, la obligación de cargar toda la vida con la mujer y el niño arrastrando el nombre de Peyton por Dios sabe qué simas. Denis juraba que había pensado en todo eso en primer lugar, antes que en el dinero. El dinero, naturalmente, había tenido su importancia. Era demasiado honrado como para no admitirlo. Pero fue más tarde cuando juró… Cuando habría jurado por su honor… La palabra le aturdió, y logró que se sonrojara.


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