Santuario
Santuario Con la angustia de un descubrimiento semejante, Kate Orme se encerró en sí misma una vez finalizó la conversación. No podía recordar más que de forma muy confusa cómo había concluido su charla o cómo, finalmente, había salido él de la sala y luego de la casa. Lo trágico de la muerte de la mujer y de la implicación de Denis en todo aquello no era nada comparado con lo catastrófico de comprobar que él estaba firmemente convencido de que su manera de actuar había sido irreprochable. En una ocasión, cuando ella le gritó: «¡Te habrías casado conmigo sin decirme nada!», y él protestó: «Pero si te lo he dicho», ella se sintió como un domador blandiendo un látigo ante un animal asustado.
No obstante, persistió implacable.
—Me lo has contado porque te has visto obligado a hacerlo. Porque te consumían los nervios. Porque sabías que decírmelo no iba a acarrearte ningún perjuicio. —El perplejo ruego que captó en su mirada casi logró que decidiera no seguir hablando—. Me lo has contado porque para ti hacerlo suponía un alivio. Pero nada te va a aliviar de verdad… Nada podrá ayudarte hasta que se lo hayas dicho a alguien que… Alguien que pueda hacerte daño.
—¿Alguien que pueda hacerme daño?
—Hasta que hayas dicho la verdad igual… Igual que antes mentiste.
Él dio un respingo, horrorizado.