Santuario
Santuario —No te entiendo.
—Debes confesar. En público, abiertamente. Debes ir al juez… No sé bien cómo se hacen estas cosas.
—¿Al juez? ¿Cuando los dos están muertos? ¿Cuando todo ha terminado? ¿En qué le beneficiarÃa eso a nadie? —protestó.
—Para ti no ha terminado todo. Más bien está empezando. Debes librarte de esa culpabilidad. Y sólo hay un camino: confesar. Y además debes devolver el dinero.
Esto pareció ser la prueba concluyente que ponÃa de manifiesto su completa inexperiencia.
—¡DesearÃa no haber oÃdo hablar jamás de ese dinero! Pero ¿a quién me harÃas devolvérselo? Te digo que era una golfilla salida de los bajos fondos. No creo que nadie supiera su verdadero nombre. No creo ni que tuviera uno.
—DebÃa de tener una madre y un padre.
—¿Crees que voy a dedicar mi vida a buscarlos por todos los tugurios de California? ¿Y cómo sabré si los he encontrado? Es imposible que lo comprendas. Lo hice mal. Lo hice fatal. Pero ésa no es la manera de repararlo.
—¿Cuál es, entonces?
Él se detuvo, mirándola con recelo.