Santuario

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—Hacerlo mejor. Hacer todo lo que esté en mi mano —dijo con una repentina firmeza—. Aprender la lección de este terrible…

—¡Oh! ¡Cállate! —gritó ella, y ocultó la cara.

Él la miraba desesperado. Por último, dijo:

—No creo que debamos seguir hablando. No vamos a arreglar nada. Sólo quiero añadir una cosa más: has de saber que, por supuesto, eres libre.

Lo dijo con sencillez y, de pronto, con su voz y cadencia habituales, ante lo que ella cedió como ante una caricia. Luego elevó la cabeza y le miró.

—¿De verdad? —dijo pensativa.

—¡Kate! —explotó él. Pero ella levantó una mano apaciguadora.

—Me siento encarcelada —dijo—. Encarcelada contigo en el interior de esta cosa tan terrible. Primero debo ayudarte a salir, y entonces tendré tiempo de sobra para pensar en mí misma.

Él bajó la cabeza y murmuró:

—No te entiendo.

—No puedo decirte lo que voy a hacer, o cómo me voy a sentir, hasta que no sepa lo que vas a hacer y cómo te vas a sentir tú.

—Seguro que ves cómo me siento. ¿No te das cuenta de que estoy medio muerto por culpa de todo esto?

—Sí. Pero sólo medio.


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