Santuario

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—Los suyos quisieron darle al pobre tipo una segunda oportunidad. Hicieron todo lo posible por ayudarle.

—¿Y no ha hecho nada deshonroso desde entonces?

—Nada que yo sepa. Lo último que oí era que tenían un pequeño, y que era feliz. De todos modos, a esa distancia no es muy probable que se le ocurra venir a molestarnos a nosotros.

Mucho después de que el señor Orme hubiera dejado el tema, Kate continuaba perdida en su análisis. Había empezado a considerar que la hermosa envoltura de la vida era en realidad un laberinto formado por una extensa red de alcantarillado moral. Cada casa respetable había llevado a cabo sus propias reformas para la expulsión privada de los escándalos de la familia. Tan sólo los imprudentes y los poco previsores descuidaban semejantes precauciones higiénicas. ¿Quién era ella para juzgar los méritos de un sistema semejante? Debía preservarse la salud social. Los medios dispuestos eran el resultado de una larga experiencia y del instinto colectivo de conservación. Ella había querido decirle a su padre aquella noche que había pospuesto la boda, pero no lo hizo, no porque albergara ninguna duda acerca de la conformidad del señor Orme (siempre podía hacérsele reparar en la fuerza de los escrúpulos convencionales), sino porque todo ese tema le parecía ahora insignificante comparado con la cuestión más extensa que habían planteado sus palabras.


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