Santuario

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En su habitación, aquella noche, transitó por esas penalidades del alma que dan lugar a una existencia más profunda. Al principio sintió una enorme soledad moral, un aislamiento más completo, más impenetrable, que aquel en el que la había hundido el descubrimiento del acto de Denis. Porque entonces se había apoyado de manera imprecisa en un sentido colectivo de la justicia que debía responder a sus propias ideas de lo que era correcto y de lo que no. Todavía creía en la correspondencia lógica entre la teoría y la práctica. Pero ahora comprendía que entre los más cercanos a ella no había nadie que reconociera la necesidad moral de la expiación. Comprendió que confiar en su padre o en la señora Peyton no haría más que ampliar el círculo de estéril desdicha en el que ella y Denis ya se movían. Al principio, el aspecto de la vida que así se le había revelado le pareció simplemente mezquino y vil, un mundo donde el honor era un pacto de silencio entre cómplices bien adiestrados. La cadena de acontecimientos se había ido ciñendo en torno a ella, y cada esfuerzo por escapar sólo había conseguido que sus eslabones se estrecharan aún más. Pero, a medida que sus propios conflictos fueron cesando, sintió la liberación espiritual que suele venir tras la aceptación. Y no se trataba de connivencia con el deshonor, sino de reconocimiento del mal. La luz estaba al llegar para disipar toda aquella oscuridad. El rayo se convertiría en un pilar de fuego. Porque ahora, por fin, la vida se mostraba ante ella tal y como era: no valiente ni engalanada ni victoriosa, sino desnuda, postrada y enferma, arrastrando sus lisiados miembros a través del fango y, a pesar de todo, alzando sus lastimeras manos hacia las estrellas. ¡El mismo amor, antes glorificado en lo alto de un altar de sueños, cómo la asaltaba ahora, golpeado por la tormenta y marcado con una cicatriz, suplicando el cobijo de su pecho! El amor, no como lo había imaginado, sino como una presencia más grave, más austera: la caridad de las tres virtudes místicas. Creyó que había dejado de amar a Denis, pero ¿qué era lo que había amado en él sino la felicidad de ambos? Su mutuo afecto había sido el jardín cerrado de los Cantares por el que iban a pasear para siempre en un delicado retiro de dicha. Pero ahora el amor le parecía algo más que eso, algo más ancho, más profundo, más duradero que la pasión egoísta de un hombre y una mujer. Lo vio en todas sus implicaciones, hasta el primer encuentro de dos miradas jóvenes prendiendo una luz que podría ser un faro ubicado en lo más alto, al otro lado de las oscuras aguas de la humanidad.


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