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No llegó a todas estas conclusiones de una manera nítida, consecutiva, sino gracias a una serie de reflexiones veladas e intercambiables. El matrimonio había significado para ella, como para todas las jóvenes educadas en la inexperiencia de la vida, tan sólo la exquisita prolongación del cortejo. Si en algún momento había contemplado otras ramificaciones, vínculos más amplios, lo había hecho con el ánimo del viajero que observa una tierra cubierta por una bruma de oro, tan lejana, que la imaginación decide aplazar su exploración. Pero ahora, a través de lo borroso de sus emociones, había una imagen que persistía de forma insólita: la imagen del hijo de Denis. ¿Había pensado alguna vez en la posibilidad de tener un hijo? No podía recordarlo. Se sentía como alguien que despierta tras una larga fiebre. No recordaba nada de lo que había sido antes ni nada de sus sensaciones previas. Tan sólo sabía que esa visión persistía: la visión del hijo de quien ella no iba a ser madre. Era imposible casarse con Denis. Lo más recóndito de su ser lo rechazaba… Pero, precisamente porque ella no iba a ser la madre del niño, su imagen la perseguía de una forma suplicante. Veía con perfecta claridad cuál iba a ser el curso inevitable de los acontecimientos. Denis se casaría con otra (era uno de esos hombres predestinados a casarse), y no necesitaba recordar las palabras de su madre acerca de que abandonarle en una crisis emocional le arrojaría sobre la primera muestra de comprensión que hallara en su camino. Se casaría con una joven que no supiera nada de su secreto (Kate estaba segura de que no estaría dispuesto a confesarse otra vez). Se casaría con una muchacha que confiara en él, que se apoyara en él, como ella, Kate Orme, la antigua Kate Orme, había hecho tan sólo dos días antes. Y con este engaño entre ellos nacería su hijo, arrastrando una herencia de secreta debilidad, un vicio moral, como podría nacer con una mácula física oculta que le destruiría antes de que se llegara siquiera a detectar la causa… Bien, ¿y entonces? ¿Iba a sentirse responsable? ¿No hay miles de niños que nacen con imperfecciones insospechadas? Sí, pero ¿y si ahora tenía uno ante sí al que podía salvar? ¿Y si ella, que había tenido una noción tan exquisita de la condición de esposa, reconstruía de sus ruinas esa visión de maternidad protectora? ¿Y si el afecto por su amado no se hubiera perdido sino transformado y expandido hasta llegar a esta extraordinaria compasión por su descendencia? ¿Y si ella pudiera expiar y redimir su falta, convirtiéndose en un refugio para sus previsibles consecuencias? Ante esta extraña extensión de su amor, todas las antiguas restricciones se vinieron abajo. Algo había resquebrajado la superficie del yo, y en su lugar manaron los misteriosos designios primarios, el instinto de sacrificio de su sexo, una pasión de maternidad espiritual que la llevó a querer interponerse entre ese niño aún no nacido y su destino.


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