Santuario
Santuario Esta última palabra interrumpió los pensamientos de la señora Peyton. ¿Una tentación? ¿Para quién? No, seguramente, para alguien capaz, capaz como lo era su hijo, de estar a la altura de la extraordinaria lealtad de su amigo. La oferta sería para Dick tan sólo, como lo era para ella, la última y conmovedora manifestación de una callada fidelidad: la afirmación de un cariño que por fin había hallado una vía de expresión. La señora Peyton rechazó como nociva cualquier otra perspectiva del caso. Se sentía molesta consigo misma por suponer que Dick pudiera verse remotamente afectado por la posibilidad a la que aludía la renuncia del pobre Darrow. La propia naturaleza de la oferta eliminaba cualquier viabilidad práctica y la arrastraba, en cambio, hacia la idealizada región de los sentimientos.
La señora Peyton había estado a solas con sus reflexiones durante la mayor parte de la tarde, y la oscuridad empezaba a adueñarse de todo cuando Dick entró en la salita. Apareció de una forma casi alarmante bajo la tenue luz, con su palidez acentuada por el sombrío efecto del luto, y resucitando cierta impresión largamente olvidada que, por un instante, pareció abrirse paso por entre las sombras. Ella no supo al principio qué pudo producir tal efecto, pero pronto comprendió que se trataba del enorme parecido que Dick tenía con su padre.
—Bien, ¿ya ha terminado? —preguntó mientras él se dejaba caer en una silla sin hablar.