Santuario

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A pesar de haberse separado de él dando por hecho que podría ver los dos diseños si así lo deseaba, la señora Peyton sabía que Dick no se los iba a enseñar. Desde luego, no se negaría si volvía a pedírselo, pero ¿acaso no contaba él ya con que era muy poco probable que lo hiciera? Pasó toda la noche enfrentada a aquella pregunta. La situación adquirió esa fantasmagórica nitidez que poseen todas las visiones nocturnas. Ahora sabía por qué Dick, de repente, le había recordado tanto a su padre: ¿no había percibido ella antes, en otra ocasión, tras esos mismos ojos esa misma forma de pensar? Estaba segura de que su hijo se había planteado la idea de utilizar los dibujos de Darrow. Mucho después de la medianoche, mientras seguía tumbada en la oscuridad, le oyó recorrer su habitación del piso superior. Contuvo la respiración mientras escuchaba el repetitivo sonido de aquellos pasos que parecían los de un espíritu encarcelado, agitándose exhausto por el interior de una jaula en la que sólo fuera posible albergar un único pensamiento. Sabía que la existencia de su hijo había entrado en un momento de crisis, y que el trance que ahora debía superar tendría un efecto decisivo en su futuro. Las circunstancias de su pasado habían elevado a la categoría de clarividencia su talento natural para comprender las motivaciones humanas; habían hecho de ella un barómetro moral que respondía a las más sutiles fluctuaciones atmosféricas, y los años de ávida meditación habían logrado que se familiarizara con la forma que, con toda probabilidad, iban a asumir las tentaciones de Dick. El peculiar tormento de la situación consistía en que no podía, excepto de manera indirecta, poner ni su intuición ni su capacidad de previsión a su servicio. Era consciente de que la vida es la única consejera auténtica, y de que una sabiduría que no hubiera pasado por el filtro de la experiencia personal directa jamás serviría para tejer las redes morales de nadie. Un amor como el suyo tenía una función: preparar y orientar. Pero debía saber también cómo retener su mano y cómo guardarse sus consejos, cómo ocuparse de su objeto mediante una influencia invisible más que con una intromisión tangible.


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