Canto a mi mismo

Canto a mi mismo

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Una mano invisible pasa también acariciando temblorosa las sienes y los lomos.

Los muchachos flotan boca arriba con el vientre blanco combado bajo el sol,

sin saber quién los abraza y los aprieta,

quién resopla y se inclina sobre ellos,

suspensa y encorvada como un arco,

ni a quién salpican al golpear el agua con los brazos.

12

El carnicero se pone las ropas de trabajo y afila

el cuchillo detrás de su puesto en el mercado.

Me paro junto a él y me divierto con sus salidas y sus bromas, mientras corta y descuartiza una res.

Los herreros con el rostro tiznado y el pecho velludo rodean el yunque.

Todos tienen grandes martillos.

Ahora descansan;

en el fuego se calienta un hierro.

Desde el umbral de la herrería, lleno de escoria y de ceniza, los contemplo.

El más ligero movimiento de sus cuerpos armoniza con la pesada herramienta.

Ahora los martillos giran,

se ciernen sobre el yunque

y caen lentos y seguros sobre el hierro encendido.

Ninguno se precipita


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