Canto a mi mismo
Canto a mi mismo Una mano invisible pasa también acariciando temblorosa las sienes y los lomos.
Los muchachos flotan boca arriba con el vientre blanco combado bajo el sol,
sin saber quién los abraza y los aprieta,
quién resopla y se inclina sobre ellos,
suspensa y encorvada como un arco,
ni a quién salpican al golpear el agua con los brazos.
El carnicero se pone las ropas de trabajo y afila
el cuchillo detrás de su puesto en el mercado.
Me paro junto a él y me divierto con sus salidas y sus bromas, mientras corta y descuartiza una res.
Los herreros con el rostro tiznado y el pecho velludo rodean el yunque.
Todos tienen grandes martillos.
Ahora descansan;
en el fuego se calienta un hierro.
Desde el umbral de la herrerÃa, lleno de escoria y de ceniza, los contemplo.
El más ligero movimiento de sus cuerpos armoniza con la pesada herramienta.
Ahora los martillos giran,
se ciernen sobre el yunque
y caen lentos y seguros sobre el hierro encendido.
Ninguno se precipita
