Voraz como el mar
Voraz como el mar Nicholas Berg desciende del taxi en la dársena iluminada. Ante él, el Hechicero , un coloso de acero y vidrio blindado, se balancea con la marea. Lo construyó con sus propias manos, y ahora, degradado, cansado, ha vuelto a él. La tripulación observa en silencio, expectante. Sabe lo que piensan: ha caído, ha perdido. Pero el océano no perdona debilidades, y Berg está dispuesto a demostrar que aún no ha sido vencido. La gran ola está llegando, y esta vez, no piensa dejarla escapar.
La dársena estaba envuelta en un resplandor artificial cuando Nicholas Berg descendió del taxi. Allí, frente a él, el Hechicero flotaba imponente, un coloso de acero y cristal blindado que, con la marea, se balanceaba como un depredador al acecho. Para otros, solo era un barco; para Berg, era la prueba viviente de lo que había construido… y lo que había perdido.
Había sido un titán en el mundo de la navegación, dueño de la poderosa Flota Christy. Pero la traición le arrancó todo. Ahora, degradado y humillado, se encontraba a bordo de un remolcador de salvamento. No era un simple descenso en el escalafón: era una caída libre.
—¿Allen? —preguntó Berg al primer oficial mientras subía la planchada. —Sí, señor. Bienvenido a bordo, señor.
