De profundis y otros escritos de la carcel

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Los setecientos peniques de tu padre, ¿o eran setecientas libras?, están ahí y tengo que pagarlas. Incluso cuando me hayan despojado de todo lo que tengo y de todo lo que vaya a tener y me declaren insolvente, seguiré teniendo deudas que saldar. Todavía tendré que pagar las comidas en el Savoy, la sopa de tortuga, los escribanos hortelanos envueltos en crujientes hojas de vid, el champán ambarino que casi olía a ámbar; Dagonet 1880, creo recordar que era tu vino favorito. Las cenas en Willis, la cuveé especial de Perrier-Jouët que siempre nos reservaban,[170] los maravillosos pâtés que nos traían directamente de Estrasburgo, el maravilloso fine champagne servido en copas acampanadas para que los auténticos epicúreos pudieran saborear mejor el bouquet de lo que es verdaderamente exquisito en la vida, no pueden quedar sin pagar como las deudas de un client poco honrado. Incluso los delicados gemelos, cuatro brumosas adularias plateadas en forma de corazón, engarzadas con rubíes y diamantes, que yo mismo diseñé y que encargué en Henry Lewis para regalártelos con motivo del éxito de mi segunda comedia, tendré que pagarlos, aunque, según tengo entendido, los malvendiste por muy poco dinero a los pocos meses. No puedo arruinar al joyero por los regalos que te hice, independientemente de lo que hicieras tú con ellos. De manera que aun cuando me declaren insolvente seguiré teniendo que pagar mis deudas.


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